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Critiquen, amigos libegales

Domingo, octubre 10th, 2010

Hoy traigo aquí una información para el solo deleite de mis amigos los libegales. Y digo amigos, porque tras años de batirnos en dura batalla dialéctica, de discutir sobre el papel del Estado en la economía y en las relaciones laborales y sobre el tema estrella: las subvenciones, uno le coge un cariño especial a esos vehementes contendientes que te argumentan con denuedo y sin complejo que un exceso de regulación en el mundo financiero e intervención estatal ha provocado esta brutal crisis capitalista o que los sindicatos, el nuevo saco de boxeo de la derecha, son sólo entes superfluos y anticuados que sólo sirven para chupar la sangre del Estado.

Voy a compartir una información con la que podrán dar rienda suelta a su retórica sobre las virtudes del adelgazamiento del Estado, sobre el ahorro y la austeridad, sobre la responsabilidad en el gasto. Lo tendrán fácil.

Podría, en este mismo sentido, dar los datos del gasto en publicidad institucional de un gobierno regional que se caracteriza por estar en la vanguardia ultraliberal, pero que gasta más en estos menesteres publicitarios que todo el gobierno de la nación, que toda la administración central en el conjunto del país con sus muchísimos ministerios (incluido el de Igualdad, ese anatema moderno).

O contrastar el modo en que ese mismo gobierno ejemplarmente liberal y austero notifica la concesión de una beca (exigua, por cierto) mediante un papel de excelsa calidad, membrete oficial y carta propagandística adjunta, con el método que emplea el Ministerio de Educación (escueto y funcional SMS al móvil del becado) para esa misma tarea.

También les gustaría conocer el número de liberados políticos con que cuenta el susodicho gobierno regional y como han crecido en número y sueldo en los últimos años. Su incisiva crítica -y su coherencia- no dejarían pasar por alto todos estos datos.

Hoy sin embargo voy a compartir con ellos, con mis amigos libegales, unos datos que les escandalizará todavía mucho más y que afilará su incisiva critica más que ninguna otra.

Y es que como hoy hemos sabido, la CEOE mueve al año 587 millones de euros, de los cuales siete de cada diez es dinero público (vía subvenciones de administraciones). Dinero con el que mantiene una intrincada red de cargazos, cargos y carguitos que incluye 21 vicepresidencias y 198 vocalías, una plantilla de 3.729 personas y 486 sedes físicas (la central está nada más y nada menos que en el madrileño barrio de Salamanca)

Sabemos que los sindicalistas son ogros, que son oscurantistas vividores que lejos contribuir a la garantía de un derecho constitucional (representación de los trabajadores), se aprovechan de la saca estatal. Pero hasta ahora, nada habíamos oído contra la CEOE, ninguna voz crítica en el seno de los conservadores, nadie ha cargado contra su papel dentro de las relaciones laborales ni ha cuestionado su representatividad en el gremio de los jefes.

Ahora que los libegales conocen el dato, estos datos tan cojonudos, (que diría Díaz Ferrán) cuento  hasta tres para conocer su enfado, su indignación, para escucharles clamar por la desaparición de los vetustos sindicatos de jefes, igual que claman por la aniquilación y quema pública de los sindicatos de los empleados.

Critiquen, amigos libegales.

29-S y siguientes…

Sábado, octubre 2nd, 2010

Ya se ha hablado bastante sobre la pasada huelga general: sus motivos, las cifras de seguimiento, su alcance etc.

Convendría que reflexionásemos también a cerca de lo que puede suceder tras esta especie de “examen” de la huelga al que muchos han querido someter a los sindicatos.

Ha existido una campaña política y mediática iniciada  en los días previos a la huelga general para poner en la picota a los liberados sindicales, convirtiéndolos en el pim-pam-pum de todos aquellos que desconocen de su importancia para garantizar el ejercicio del derecho constitucional de sindicación y representación de los obreros y de aquellos que, sabiéndolo -y precisamente por ello- les atacaron furibundamente obviando, por ejemplo, la siguiente realidad: la de los 1521 liberados políticos que actualmente viven a sueldo de la Comunidad de Madrid (793 más que cuando se hizo con el poder en el 2003). O el dinero que gasta nuestra presidenta en “publicidad institucional” (léase autobombo) incumpliendo la ley que elaboró el gobierno de la nación para limitar su uso. O el gasto que supone mantener una televisión pública madrileña que no lo es, que está al servicio de un partido y no de los sindicatos. O de la evasión de impuestos y la corrupción, verdaderas lacras que sí desangran nuestras arcas públicas.

La campaña continuó el mismo día de la huelga con la imposición de unos servicios mínimos abusivos e impuestos por decreto por la Comunidad de Madrid y con la criminalización de los piquetes informativos, haciendo extensivo a todos ellos los actos de violencia minoritaria y aislada que se produjeron en algunos lugares. Hasta se llegó a imputar a los piquetes y a los sindicalistas los actos de gamberrismo llevados a cabo por “vándalos profesionales” ajenos a los sindicatos.

Desde los medios de la derecha se llegó a hablar de “huelga borroka”, vinculándola explícitamente con un tipo de terrorismo. También se dijo que los sindicatos eran una “mafia financiada por Zapatero”. Nadie dijo, sin embargo, ni una palabra acerca de las presiones menos -o nada- visibles de los empresarios que “pasaron lista” el día de la huelga amenazando con depurar sus plantillas al más puro estilo decimonónico…

Y en el día después -y a esto es a lo que vamos- se habló de “Fracaso General” de la huelga, azuzando el debate sobre la representatividad real de los sindicatos, su papel en la negociación colectiva y su posición como agente social válido.

Hay gente a la que le caen mal los sindicatos. Es evidente. Hay gente a la que le caen más las huelgas. Hay gente que se dice garante -con patente de corso- de la Constitución Española, pero que no cree en el derecho a huelga ni en el derecho de los trabajadores a tener sus delegados y a estar representados dentro de las relaciones laborales, como lo está la patronal.

¿Y quienes son esos que tan mal quieren a los sindicalistas de este país? A bote pronto, los empresarios. Algunos empresarios, para ser justos.

Empresarios como Díaz Ferrán presidente de la CEOE, experto en quiebras y en pasar por el banquillo de los acusados al que sin duda, le agradaría poder despedir a sus empleados o no pagarles durante un año entero, sin las molestas protestas de los sindicalistas, sin sus “huelgas del siglo XIX” (así habla este tipo, este moderno que comenzó a amasar fortuna en el tardofranquismo gracias a ciertas relaciones nepóticas con el entorno de Arias Navarro).

También se sentirían más desahogados, con el camino expedito, quienes podrían privatizar la sanidad, la educación, nuestros servicios públicos, sin el eco de una voz de protesta en la calle, sin la sombra de una pancarta bajo los balcones de la Puerta del Sol. ¡Qué placidez, como la de los tiempos a los que se refería Mayor Oreja!

Y es que el mundo vive, desde los años 70 bajo una revolución neoconservadora, la de las privatizaciones, la desregulación, la desvalorización de la política, de lo común, de la acción colectiva, la supremacía del mercado frente a la posición de la plaza.

Bajo un tsunami que ya ha arrasado muchos de nuestros derechos, que ha arrojado muchas cosas contra las rocas (como en la presente crisis económica), pero que sigue avanzando imparable con la intención de destrozar todos los escollos que se encuentre a su paso. Y los sindicatos son todavía un freno a sus planes, ¿qué duda cabe?

Estas son algunas de las reflexiones que creo pertinentes en estos días posteriores a la huelga. Porque no es gratuita la criminalización de los sindicatos, no es inocente el cuestionamiento del derecho de los trabajadores a estar representados por aquellos delegados que democráticamente elijan. Porque todas estas críticas, muchas de ellas desaforadas, hechas con la brocha gorda, la generalización y la trampa, responden a una estrategia meticulosa y certera: la del afianzamiento de la ideología única, la de la mercadocracia sobre el poder político y el poder democrático.

Es natural, las dictaduras (muchas empiezan desde la institucionalidad) no quieren opositores. Pero aquí estamos, como estuvieron los muchos que se han dejado los años, la salud y la vida para que podamos seguir estando. Y estaremos.