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El milagro

Lunes, noviembre 22nd, 2010

“Yo sólo veo ventajas en el modelo irlandés”, llegó a decir un primer ministro francés, rumiando la importación de la maravilla isleña.  “Este milagro económico tuvo su origen en políticas liberales” afirmaba una henchida Aguirre allá por 2006. Rajoy no le iba a la zaga en eso de apreciar las virtudes de las “recetas liberales”  aplicadas en la república irlandesa, unas recetas que representaban “el camino más rápido hacia la opulencia”, según coreaba la “prestigiosa” prensa liberal internacional, esa que imbuida de prestigio y objetividad científica, jamás advirtió del tsunami que amenazaba a prácticamente todas las costas del planeta.

Pocos años después de que estas frases, y otras, -todas ellas loando un milagro de proporciones bíblicas- fueran escritas o pronunciadas, encontramos al “tigre celta” malherido, teniendo que ser rescatado por la Unión Europea.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde están hoy, día en que Dublín reconoce el final del espejismo y accede a pedir socorro, los que se prodigaron en elogios con ese modelo a imitar?

El conjuro nos devuelve un sapo y una evidencia. Y es que el tiempo de las manos invisibles, los milagros económicos a través del shock y las promesas del maná ultraliberal en que “hemos” creído durante las últimas tres décadas, ha agotado toda su credibilidad al darse -y darnos- de bruces con la realidad de la peor crisis sistémica de la historia. En economía no hay milagros, como no los hay en la vida real. La Razón nos aconseja desconfiar de esa fenomenología.

Lejos de eso, en la economía están la mano, los intereses, las expectativas y los deseos de los Hombres. Y crisis como la actual nos demuestran cuan torcidos y alejados del bien común eran esos intereses, los intereses de quienes han manejado el timón de todo esto y cuan equivocados eran los valores y las prioridades del Hombre actual.

¿En qué consistió, pues, el tan famoso milagro irlandés? básicamente, en la atracción a las empresas extranjeras bajando hasta el nivel más bajo de Europa el impuesto de sociedades, eliminando supervisiones, dando todo tipo de facilidades a las empresas multinacionales (incluso facilitando la evasión fiscal) y desactivando parcelas de poder y control estatal, aplicando en territorio europeo las políticas de shock que el FMI y EEUU impusieron -hasta por la sangre- a países latinoamericanos, políticas de recorte que aumentaron las desigualdades y que aceleraron la caída en los salarios, todo ello, combinado con una carta blanca a los bancos y una hipertrofia del sector financiero.

Creció el PIB, los beneficios empresariales aumentaron considerablemente e Irlanda se convirtió en un polo de inversión… ¿y qué? ¿ahora qué? ahora que la burbuja ha explotado…

Hermann Heller, politólogo y jurista afiliado a la socialdemocracia alemana, ya advertía en 1933 en su obra Staatslehre que el éxito y el beneficio de los dirigentes de la economía residía en la eliminación de la legislación democrática. De los dirigentes de la economía, no de la “sociedad civil”, el nombre que falsamente se invoca para eliminar las “pesadas trabas burocráticas y estatistas, los molestos impuestos, las tasas que ahogan la iniciativa…”

Los países que abrazan el dogma neoliberal recortan o destruyen su legislación democrática para competir entre sí por ver quien ofrece mejores condiciones para la entrada del gran capital, por ver quien es menos exigente, menos vigilante con los poderosos, en detrimento de los controles democráticos. Y en estas materias, Irlanda se ha llevado la palma. Eso es, en resumidas cuentas, el “milagro irlandés”, una subasta.

Lo que hay detrás de los 33 mineros.

Miércoles, octubre 13th, 2010

Con la narración en directo del “milagro” del rescate de los trabajadores chilenos de la mina San José de Copiapó y la conversión de su cautiverio en una suerte de espectáculo televisivo por parte de los 150 medios internacionales que llevan tiempo apostados en la boca de la mina para contarnos como han sido estos meses, se está de dejando de comentar algunos datos que nos ayudarían a explicar el porqué, el porqué de este suceso que pudo devenir en catástrofe como ha sucedido en otras ocasiones.

Primeramente, unas cifras significativas:

373 mineros han muerto en Chile en la última década en accidentes laborales, 31 en lo que llevamos de año.

En 2007, la mina que es hoy el centro informativo mundial tuvo que cerrar precisamente por unos graves fallos de seguridad provocados por la  sobreexplotación.

El ex director del Servicio Nacional de Geología y Minería de Atacama, dijo entonces: ”no debe abrirse nunca más, el sector ya está bastante agrietado, una consultora altamente especializada certificó que era una explosión de roca y me convencí que esta mina, que es muy antigua y con sectores abandonados, tenía una tecnología muy deficiente, que no daba ningún grado de seguridad”…

Mediante algún resorte se consiguió modificar u ocultar esos informes técnicos que desaconsejaban la reapertura de las galerías… y la mina volvió a abrir.

Reabrió sin haber satisfecho las recomendaciones técnicas de seguridad, incumpliendo el llamado Decreto 132 (que entre otras medidas, obliga a implementar una salida alternativa en los túneles) y los mineros siguieron trabajando sin seguro.

Esta situación fue largamente denunciada por los sindicatos del sector e ignorada sistemáticamente por las autoridades. Finalmente, se produjo el “accidente” (no sé si se puede llamar accidente a algo tan explícitamente advertido y que tan presumiblemente podía volver a suceder). Para más inri, la empresa se declaró en quiebra, presumiblemente, para eludir el pago de indemnizaciones.

La expectación mediática mayoritariamente ha pasado por alto  todas estas realidades, la de la sobreexplotación, la precariedad laboral, la codicia empresarial, la insuficiente regulación en las relaciones laborales y el desprecio por la vida. Deberia despertarse una reflexión sobre las condiciones laborales en muchas partes del mundo donde se supedita todo -hasta lo más importante- a los beneficios privados. Quizás algo consustancial a esta “etapa depredadora del capitalismo” que ya predijo Albert Einstein y que consiste en quemar todas las naves con la calculadora del rédito en la mano.

No sólo una reflexión, también se está despertando una acción en algunos de esos países de capitalismo salvaje víctimas de las llamadas terapias de shock neoliberal ideadas por Friedman o  Hayek (gran apoyo teórico y asesor del dictador chileno Augusto Pinochet, por cierto)

China, con su siniestro sistema de destajo (agudizado en las últimas décadas por el modelo de “capitalismo de Estado”) es también uno de los mayores agujeros negros del mundo en cuanto a seguridad y calidad en el trabajo.
¿Y nuestra Europa? No hay que olvidar el proyecto de las “65 horas” y la progresiva precarización del mercado trabajo bajo las directrices de la ideología única: el neoliberalismo rampante, las premisas del despido fácil y barato, la postergación de la jubilación y en general, todas las medidas que en los últimos años han venido afectando a la calidad de vida de los trabajadores y fragilizando su posición frente al empresario.

Critiquen, amigos libegales

Domingo, octubre 10th, 2010

Hoy traigo aquí una información para el solo deleite de mis amigos los libegales. Y digo amigos, porque tras años de batirnos en dura batalla dialéctica, de discutir sobre el papel del Estado en la economía y en las relaciones laborales y sobre el tema estrella: las subvenciones, uno le coge un cariño especial a esos vehementes contendientes que te argumentan con denuedo y sin complejo que un exceso de regulación en el mundo financiero e intervención estatal ha provocado esta brutal crisis capitalista o que los sindicatos, el nuevo saco de boxeo de la derecha, son sólo entes superfluos y anticuados que sólo sirven para chupar la sangre del Estado.

Voy a compartir una información con la que podrán dar rienda suelta a su retórica sobre las virtudes del adelgazamiento del Estado, sobre el ahorro y la austeridad, sobre la responsabilidad en el gasto. Lo tendrán fácil.

Podría, en este mismo sentido, dar los datos del gasto en publicidad institucional de un gobierno regional que se caracteriza por estar en la vanguardia ultraliberal, pero que gasta más en estos menesteres publicitarios que todo el gobierno de la nación, que toda la administración central en el conjunto del país con sus muchísimos ministerios (incluido el de Igualdad, ese anatema moderno).

O contrastar el modo en que ese mismo gobierno ejemplarmente liberal y austero notifica la concesión de una beca (exigua, por cierto) mediante un papel de excelsa calidad, membrete oficial y carta propagandística adjunta, con el método que emplea el Ministerio de Educación (escueto y funcional SMS al móvil del becado) para esa misma tarea.

También les gustaría conocer el número de liberados políticos con que cuenta el susodicho gobierno regional y como han crecido en número y sueldo en los últimos años. Su incisiva crítica -y su coherencia- no dejarían pasar por alto todos estos datos.

Hoy sin embargo voy a compartir con ellos, con mis amigos libegales, unos datos que les escandalizará todavía mucho más y que afilará su incisiva critica más que ninguna otra.

Y es que como hoy hemos sabido, la CEOE mueve al año 587 millones de euros, de los cuales siete de cada diez es dinero público (vía subvenciones de administraciones). Dinero con el que mantiene una intrincada red de cargazos, cargos y carguitos que incluye 21 vicepresidencias y 198 vocalías, una plantilla de 3.729 personas y 486 sedes físicas (la central está nada más y nada menos que en el madrileño barrio de Salamanca)

Sabemos que los sindicalistas son ogros, que son oscurantistas vividores que lejos contribuir a la garantía de un derecho constitucional (representación de los trabajadores), se aprovechan de la saca estatal. Pero hasta ahora, nada habíamos oído contra la CEOE, ninguna voz crítica en el seno de los conservadores, nadie ha cargado contra su papel dentro de las relaciones laborales ni ha cuestionado su representatividad en el gremio de los jefes.

Ahora que los libegales conocen el dato, estos datos tan cojonudos, (que diría Díaz Ferrán) cuento  hasta tres para conocer su enfado, su indignación, para escucharles clamar por la desaparición de los vetustos sindicatos de jefes, igual que claman por la aniquilación y quema pública de los sindicatos de los empleados.

Critiquen, amigos libegales.

29-S y siguientes…

Sábado, octubre 2nd, 2010

Ya se ha hablado bastante sobre la pasada huelga general: sus motivos, las cifras de seguimiento, su alcance etc.

Convendría que reflexionásemos también a cerca de lo que puede suceder tras esta especie de “examen” de la huelga al que muchos han querido someter a los sindicatos.

Ha existido una campaña política y mediática iniciada  en los días previos a la huelga general para poner en la picota a los liberados sindicales, convirtiéndolos en el pim-pam-pum de todos aquellos que desconocen de su importancia para garantizar el ejercicio del derecho constitucional de sindicación y representación de los obreros y de aquellos que, sabiéndolo -y precisamente por ello- les atacaron furibundamente obviando, por ejemplo, la siguiente realidad: la de los 1521 liberados políticos que actualmente viven a sueldo de la Comunidad de Madrid (793 más que cuando se hizo con el poder en el 2003). O el dinero que gasta nuestra presidenta en “publicidad institucional” (léase autobombo) incumpliendo la ley que elaboró el gobierno de la nación para limitar su uso. O el gasto que supone mantener una televisión pública madrileña que no lo es, que está al servicio de un partido y no de los sindicatos. O de la evasión de impuestos y la corrupción, verdaderas lacras que sí desangran nuestras arcas públicas.

La campaña continuó el mismo día de la huelga con la imposición de unos servicios mínimos abusivos e impuestos por decreto por la Comunidad de Madrid y con la criminalización de los piquetes informativos, haciendo extensivo a todos ellos los actos de violencia minoritaria y aislada que se produjeron en algunos lugares. Hasta se llegó a imputar a los piquetes y a los sindicalistas los actos de gamberrismo llevados a cabo por “vándalos profesionales” ajenos a los sindicatos.

Desde los medios de la derecha se llegó a hablar de “huelga borroka”, vinculándola explícitamente con un tipo de terrorismo. También se dijo que los sindicatos eran una “mafia financiada por Zapatero”. Nadie dijo, sin embargo, ni una palabra acerca de las presiones menos -o nada- visibles de los empresarios que “pasaron lista” el día de la huelga amenazando con depurar sus plantillas al más puro estilo decimonónico…

Y en el día después -y a esto es a lo que vamos- se habló de “Fracaso General” de la huelga, azuzando el debate sobre la representatividad real de los sindicatos, su papel en la negociación colectiva y su posición como agente social válido.

Hay gente a la que le caen mal los sindicatos. Es evidente. Hay gente a la que le caen más las huelgas. Hay gente que se dice garante -con patente de corso- de la Constitución Española, pero que no cree en el derecho a huelga ni en el derecho de los trabajadores a tener sus delegados y a estar representados dentro de las relaciones laborales, como lo está la patronal.

¿Y quienes son esos que tan mal quieren a los sindicalistas de este país? A bote pronto, los empresarios. Algunos empresarios, para ser justos.

Empresarios como Díaz Ferrán presidente de la CEOE, experto en quiebras y en pasar por el banquillo de los acusados al que sin duda, le agradaría poder despedir a sus empleados o no pagarles durante un año entero, sin las molestas protestas de los sindicalistas, sin sus “huelgas del siglo XIX” (así habla este tipo, este moderno que comenzó a amasar fortuna en el tardofranquismo gracias a ciertas relaciones nepóticas con el entorno de Arias Navarro).

También se sentirían más desahogados, con el camino expedito, quienes podrían privatizar la sanidad, la educación, nuestros servicios públicos, sin el eco de una voz de protesta en la calle, sin la sombra de una pancarta bajo los balcones de la Puerta del Sol. ¡Qué placidez, como la de los tiempos a los que se refería Mayor Oreja!

Y es que el mundo vive, desde los años 70 bajo una revolución neoconservadora, la de las privatizaciones, la desregulación, la desvalorización de la política, de lo común, de la acción colectiva, la supremacía del mercado frente a la posición de la plaza.

Bajo un tsunami que ya ha arrasado muchos de nuestros derechos, que ha arrojado muchas cosas contra las rocas (como en la presente crisis económica), pero que sigue avanzando imparable con la intención de destrozar todos los escollos que se encuentre a su paso. Y los sindicatos son todavía un freno a sus planes, ¿qué duda cabe?

Estas son algunas de las reflexiones que creo pertinentes en estos días posteriores a la huelga. Porque no es gratuita la criminalización de los sindicatos, no es inocente el cuestionamiento del derecho de los trabajadores a estar representados por aquellos delegados que democráticamente elijan. Porque todas estas críticas, muchas de ellas desaforadas, hechas con la brocha gorda, la generalización y la trampa, responden a una estrategia meticulosa y certera: la del afianzamiento de la ideología única, la de la mercadocracia sobre el poder político y el poder democrático.

Es natural, las dictaduras (muchas empiezan desde la institucionalidad) no quieren opositores. Pero aquí estamos, como estuvieron los muchos que se han dejado los años, la salud y la vida para que podamos seguir estando. Y estaremos.

Cambio en el laborismo británico

Martes, septiembre 28th, 2010

Ed Miliband da por enterrado el Nuevo Laborismo británico.

Con este rotundo titular aparecido ayer en El País se nos hace saber que el nuevo líder del laborismo británico pretende sacar al partido de la senda centrista, de la “comfort zone” en la que se introdujo de mano de Tony Blair y la Tercera Vía ideada por Anthony Giddens, autor de un libro del mismo nombre que comienza con un discutible y discutido “El socialismo ha muerto…”

El labour británico, por su importancia histórica y simbólica dentro de la socialdemocracia europea, ha sido uno de los referentes políticos claros para otros partidos socialistas del entorno.

Así, desde 1997, año en el que los laboristas alcanzan el gobierno con Tony Blair, la influencia de la Tercera Vía se ha dejado sentir en la socialdemocracia europea como un camino exitoso y casi infalible hacia el poder.

El brillante analista Vicenç Navarro, escribía hace unos meses en la revista SISTEMA que la victoria lograda por los laboristas en el 97 – a pesar de tener a favor el mensaje del cambio y el carisma del primer Blair- se produjo sólo con el apoyo del 33% del electorado y más como consecuencia del desgaste de los conservadores tras una larga estancia en el poder.

De hecho, en los subsiguientes comicios dicho apoyo popular ha ido bajando escalonadamente hasta la reciente hecatombe que ha devuelto el gobierno a los tories más por falta de los laboristas a la hora de explicar y dar soluciones valientes a a la crisis que por virtud de los primeros.

El Nuevo Laborismo y la Nueva Vía reconocían la existencia de unos cambios profundos en la sociedad, en la manera en la que los ciudadanos se situaban respecto a la economía y al Estado, en lo que los ciudadanos esperaban de la política, etc. También hablaba de una crisis en la “socialdemocracia tradicional” y de profundos cambios en el Estado del Bienestar, sin reparar en el origen ni en los actores de esos cambios ni a quienes beneficiaba este Novus Ordo Seculorum. ¿Acaso existe la casualidad en la política y en la historia? Había que adaptarse a dichos cambios, el pragmatismo así lo exigía.

De la lectura de la obra de Giddens saco algunas conclusiones: ha habido cambios sustanciales, ha habido una revolución política y cultural, sabemos quien la ha actuado: se llaman Ronald Reagan, FMI y Margaret Thatcher, la Dama de Hiero que les gobernó durante once años cargándose todo lo que oliera a público, desarbolando el concepto de ciudadanía e implantando el de “suma de individuos”, cambiando la cohesión social por un utilitarismo extremo… bien, ha habido cambios, sabemos lo que implican, a quien beneficia y a quien perjudica (ahí están los datos del Sistema Nacional de Salud y el estado de la depauperada educación pública) pero estos cambios son demasiado potentes y al fin y al cabo “hay que adaptarse”. ¿Se plantearon siquiera por un segundo el combatirlos, el tratar de revertir la inercia? Desistieron.

Así es, la Tercera Vía es desistimiento, alienación (empleo aquí a sabiendas un concepto “no adaptado”, un concepto del socialismo clásico). Alienación y enajenación de los valores de la izquierda, desposesión de la personalidad y de los propios intereses en favor de otros impuestos coactivamente desde arriba o desde mucho más arriba del “arriba” que hasta ahora conocíamos… y es que la coacción puede ser algo mucho más refinado que el simple y burdo empleo de la fuerza.

Y cuando hablamos de crisis de la Socialdemocracia, creo que nos referimos a esto, a la renuncia de nosotros y a los nuestros.

Como apunté antes, desde 1997 hasta 2010 los laboristas han perdido la escalofriante cifra de 5 millones de votos. Estos votos no han ido al Partido Conservador: han ido a los Demócratas Liberales o a la abstención. Como sucede en España, los conservadores no necesitan del voto socialista para gobernar.

En cambio, dentro de los planteamientos y objetivos electorales del Nuevo Laborismo había uno muy claro:  recabar el bienvenido y “moderno” voto del Partido Conservador, descuidando así el apoyo “tradicional” de aquellos que no abandonaron electoralmente al Laborismo si no cuando éste les abandonó a ellos dejando de preocuparse por sus problemas. Sindicatos, trabajadores y clases económicamente desfavorecidas dieron la espalda a los laboristas. Parecía que el Nuevo Laborismo solo tenía ojos y propuestas para los de “cuello blanco” (generalmente bajadas de impuestos) pervirtiendo el interclasismo propio de la socialdemocracia, ya desde Bernstein en el siglo XIX, con una poilítica de boutique alejada de la realidad de las víctimas del neoliberalismo: los más humildes.

Y en estas llegamos a la mayor crisis de la historia del capitalismo, a una crisis gestada desde la obscenidad más explícita y declarada, a un Laborismo y una socialdemocracia incapaces de plantear una enmienda a la totalidad… y a Ed Miliband, en el papel de enterrador del Nuevo Laborismo, aupado al poder por hasta seis sindicatos (entre ellos GMB y Unite, con más de dos millones de afiliados entre los dos). ¿Cambio en el laborismo británico? ¿también en el resto de Europa?

Sin duda, seguiremos con interés los pasos políticos de Ed Miliband y del Laborismo británico.

Una reflexión en la izquierda

Lunes, septiembre 20th, 2010

Los resultados de las últimas elecciones generales suecas, más allá del propio análisis nacional, pueden suscitar algunas reflexiones que podrían ser válidas a un nivel más general, al menos europeo.

Los datos concretos que arrojan las urnas: la derecha volverá a gobernar, la socialdemocracia se desploma, entra en el parlamento la extrema-derecha.

Reinfeldt, del Partido Moderado, podrá gobernar otros cuatro años más revalidando -por primera vez en la historia de su partido-  una victoria electoral previa: la de 2006.  Desde ese momento el partido conservador inicio una serie de privatizaciones y cambios (recortes) en el sistema de bienestar que le permitió tirar de rebaja de impuestos, una temática  de fácil venta cuando se acercan las elecciones. No ha habido tiempo, ni hay perspectiva suficiente en cuatro años para ver las consecuencias de las muy rápidamente aplaudidas rebajas de impuestos. En el Reino Unido sí, ya la tienen.

Thatcher, una de las tres patas de la revolución conservadora y neoliberal vino para “liberar” a las clases medias del gasto social resultantes de los largos años de los gobiernos socialistas.

Rebajó impuestos a las empresas, desregularizó las finanzas, hizo dimitir al Estado de su responsabilidad en la regulación democrática del mercado de trabajo y en la proporción de servicios públicos, desbarató de arriba a abajo el Sistema Nacional de Salud (NHS) y los transportes públicos; se propuso la destrucción de los sindicatos, dio facilidades fiscales a las grandes fortunas y dejó en la consciencia colectiva el veneno de que “la sociedad no existe, sólo existen los individuos”

Esa revolución iniciada en Estados Unidos, testada con la ayuda de las armas en el Chile de Pinochet e importada a Europa con los gobiernos de Thatcher, extendió rápidamente su hegemonía planetaria gracias a instituciones internacionales como el FMI o el Banco Mundial, auténticos motores de la nueva ideología única encargados de imponer aquí y allá planes de “estabilización” económica a gobierno cada vez menos soberanos por la acción de este -inelegible- gobierno económico mundial.

Mucho podría hablarse de las  nefastas consecuencias de todos estos planes de “estabilización” sobre todo en América Latina. Tampoco hay que olvidar que la etapa de mayor auge neoliberal coincidió -no casualmente- con el periodo de mayor actividad de golpistas, contras y demás, en el bautizado como “patio trasero del imperio”.

¿Qué hizo la izquierda ante este torrente ideológico? El Nuevo Laborismo y los Nuevos Demócratas de Blair y Clinton (con Giddens y su Tercera Vía como piedra filosofal) fue la audaz respuesta dada por los otrora keynesianos partidos de Clement Attlee y Delano Roseveelt.

Una respuesta que consintió, lisa y llanamente en bajar la cerviz ante la nueva hegemonía. Una hegemonía que ha ido avanzando hasta hoy, hasta entrar en el tuetano de nuestra sociedad y nuestra cultura, hasta el desastre actual, hasta el desastre que cabía esperar el desenfreno, la irrealidad fiduciaria y la amoralidad en la economía (“la más moral de todas las ciencias sociales”, según Marx).

Nadie en la izquierda democrática europea  fue capaz de generar un mensaje político eficaz, capaz de rivalizar con los nuevos dogmas de la “economía objetiva”.

Y así llegamos a los prolegómenos de la gran crisis del capitalismo: al momento en el que, en Estados Unidos, el 1% de la población posee nada más y nada menos que el 30% de toda la renta del país (cifras análogas a las habidas a comienzos del siglo XX, cuando las huelgas y las manifestaciones sindicales aún se disolvían a base de ametralladora).

Estos datos deben ser contrastados con estos otros:  en los años del keynesianismo estadounidense, el 1% más rico de la población poseía un 12% de la riqueza nacional, lo que implica que dicha riqueza estaba socialmente mejor repartida, menos concentrada en la élite.

Ante esta situación la izquierda, como digo, solo ha sabido plegarse a la buena nueva del neoliberalismo.

Asistimos a la “liberalización” de la socialdemocracia del mismo modo que vimos en los países escandinavos la “socialdemocratización” de los partidos liberales.

Es una cuestión de fortaleza en los mensajes, de influencia sobre la sociedad y sobre la sinapsis ideológica de los ciudadanos: tras la segunda guerra mundial la influencia del keynesianismo, de las políticas constructoras del Estado del Bienestar era tal, que incluso los partidos de derechas, sobre todo en la región nórdica, se vieron contagiados por dichas ideas y comprendieron que para rascar algo electoralmente (cosa que por lo general, no lograron) habían de presentarse ante el electorado como defensores del Estado del Bienestar, subidos así a ese ese exitoso carro que estaba trayendo el progreso y el bienestar a esos países.

¡Como han cambiado las tornas! Ahora es la socialdemocracia la que se “liberaliza”, la que pliega sus banderas para adaptarse -en lugar de enfrentarse- a la realidad de la globalización neoliberal, para ser más atractiva enel mercado electoral.

Y lo dramático es que treinta años después, nuestra izquierda sigue sin reaccionar. Tampoco lo hace en mitad de esta tormenta que está haciendo zozobrar al planeta. En medio de esta crisis causada por las recetas neoliberales de la desregulación y la ley selvática que por poco colapsa el sistema capitalista.

Y pese a esa crisis, el mensaje antisocial sigue en boga, cualquier promesa de bajada de impuestos atrae al electorado -esto explica en parte la victoria conservadora en Suecia-, aunque a la larga las políticas de laminación del Estado signifiquen una peor calidad en los servicios públicos, aunque implique mayor desigualdad social y desprotección para los más débiles.

Desde la izquierda tenemos mucho que cambiar, empezando por nosotros. Fuerza, claridad en las ideas y audacia en las propuestas es lo que necesitamos… porque el mundo, sobre todo el actual, necesita de nosotros.