Archive for the ‘Antología de Ideas’ Category

El milagro

Lunes, noviembre 22nd, 2010

“Yo sólo veo ventajas en el modelo irlandés”, llegó a decir un primer ministro francés, rumiando la importación de la maravilla isleña.  “Este milagro económico tuvo su origen en políticas liberales” afirmaba una henchida Aguirre allá por 2006. Rajoy no le iba a la zaga en eso de apreciar las virtudes de las “recetas liberales”  aplicadas en la república irlandesa, unas recetas que representaban “el camino más rápido hacia la opulencia”, según coreaba la “prestigiosa” prensa liberal internacional, esa que imbuida de prestigio y objetividad científica, jamás advirtió del tsunami que amenazaba a prácticamente todas las costas del planeta.

Pocos años después de que estas frases, y otras, -todas ellas loando un milagro de proporciones bíblicas- fueran escritas o pronunciadas, encontramos al “tigre celta” malherido, teniendo que ser rescatado por la Unión Europea.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde están hoy, día en que Dublín reconoce el final del espejismo y accede a pedir socorro, los que se prodigaron en elogios con ese modelo a imitar?

El conjuro nos devuelve un sapo y una evidencia. Y es que el tiempo de las manos invisibles, los milagros económicos a través del shock y las promesas del maná ultraliberal en que “hemos” creído durante las últimas tres décadas, ha agotado toda su credibilidad al darse -y darnos- de bruces con la realidad de la peor crisis sistémica de la historia. En economía no hay milagros, como no los hay en la vida real. La Razón nos aconseja desconfiar de esa fenomenología.

Lejos de eso, en la economía están la mano, los intereses, las expectativas y los deseos de los Hombres. Y crisis como la actual nos demuestran cuan torcidos y alejados del bien común eran esos intereses, los intereses de quienes han manejado el timón de todo esto y cuan equivocados eran los valores y las prioridades del Hombre actual.

¿En qué consistió, pues, el tan famoso milagro irlandés? básicamente, en la atracción a las empresas extranjeras bajando hasta el nivel más bajo de Europa el impuesto de sociedades, eliminando supervisiones, dando todo tipo de facilidades a las empresas multinacionales (incluso facilitando la evasión fiscal) y desactivando parcelas de poder y control estatal, aplicando en territorio europeo las políticas de shock que el FMI y EEUU impusieron -hasta por la sangre- a países latinoamericanos, políticas de recorte que aumentaron las desigualdades y que aceleraron la caída en los salarios, todo ello, combinado con una carta blanca a los bancos y una hipertrofia del sector financiero.

Creció el PIB, los beneficios empresariales aumentaron considerablemente e Irlanda se convirtió en un polo de inversión… ¿y qué? ¿ahora qué? ahora que la burbuja ha explotado…

Hermann Heller, politólogo y jurista afiliado a la socialdemocracia alemana, ya advertía en 1933 en su obra Staatslehre que el éxito y el beneficio de los dirigentes de la economía residía en la eliminación de la legislación democrática. De los dirigentes de la economía, no de la “sociedad civil”, el nombre que falsamente se invoca para eliminar las “pesadas trabas burocráticas y estatistas, los molestos impuestos, las tasas que ahogan la iniciativa…”

Los países que abrazan el dogma neoliberal recortan o destruyen su legislación democrática para competir entre sí por ver quien ofrece mejores condiciones para la entrada del gran capital, por ver quien es menos exigente, menos vigilante con los poderosos, en detrimento de los controles democráticos. Y en estas materias, Irlanda se ha llevado la palma. Eso es, en resumidas cuentas, el “milagro irlandés”, una subasta.

29-S y siguientes…

Sábado, octubre 2nd, 2010

Ya se ha hablado bastante sobre la pasada huelga general: sus motivos, las cifras de seguimiento, su alcance etc.

Convendría que reflexionásemos también a cerca de lo que puede suceder tras esta especie de “examen” de la huelga al que muchos han querido someter a los sindicatos.

Ha existido una campaña política y mediática iniciada  en los días previos a la huelga general para poner en la picota a los liberados sindicales, convirtiéndolos en el pim-pam-pum de todos aquellos que desconocen de su importancia para garantizar el ejercicio del derecho constitucional de sindicación y representación de los obreros y de aquellos que, sabiéndolo -y precisamente por ello- les atacaron furibundamente obviando, por ejemplo, la siguiente realidad: la de los 1521 liberados políticos que actualmente viven a sueldo de la Comunidad de Madrid (793 más que cuando se hizo con el poder en el 2003). O el dinero que gasta nuestra presidenta en “publicidad institucional” (léase autobombo) incumpliendo la ley que elaboró el gobierno de la nación para limitar su uso. O el gasto que supone mantener una televisión pública madrileña que no lo es, que está al servicio de un partido y no de los sindicatos. O de la evasión de impuestos y la corrupción, verdaderas lacras que sí desangran nuestras arcas públicas.

La campaña continuó el mismo día de la huelga con la imposición de unos servicios mínimos abusivos e impuestos por decreto por la Comunidad de Madrid y con la criminalización de los piquetes informativos, haciendo extensivo a todos ellos los actos de violencia minoritaria y aislada que se produjeron en algunos lugares. Hasta se llegó a imputar a los piquetes y a los sindicalistas los actos de gamberrismo llevados a cabo por “vándalos profesionales” ajenos a los sindicatos.

Desde los medios de la derecha se llegó a hablar de “huelga borroka”, vinculándola explícitamente con un tipo de terrorismo. También se dijo que los sindicatos eran una “mafia financiada por Zapatero”. Nadie dijo, sin embargo, ni una palabra acerca de las presiones menos -o nada- visibles de los empresarios que “pasaron lista” el día de la huelga amenazando con depurar sus plantillas al más puro estilo decimonónico…

Y en el día después -y a esto es a lo que vamos- se habló de “Fracaso General” de la huelga, azuzando el debate sobre la representatividad real de los sindicatos, su papel en la negociación colectiva y su posición como agente social válido.

Hay gente a la que le caen mal los sindicatos. Es evidente. Hay gente a la que le caen más las huelgas. Hay gente que se dice garante -con patente de corso- de la Constitución Española, pero que no cree en el derecho a huelga ni en el derecho de los trabajadores a tener sus delegados y a estar representados dentro de las relaciones laborales, como lo está la patronal.

¿Y quienes son esos que tan mal quieren a los sindicalistas de este país? A bote pronto, los empresarios. Algunos empresarios, para ser justos.

Empresarios como Díaz Ferrán presidente de la CEOE, experto en quiebras y en pasar por el banquillo de los acusados al que sin duda, le agradaría poder despedir a sus empleados o no pagarles durante un año entero, sin las molestas protestas de los sindicalistas, sin sus “huelgas del siglo XIX” (así habla este tipo, este moderno que comenzó a amasar fortuna en el tardofranquismo gracias a ciertas relaciones nepóticas con el entorno de Arias Navarro).

También se sentirían más desahogados, con el camino expedito, quienes podrían privatizar la sanidad, la educación, nuestros servicios públicos, sin el eco de una voz de protesta en la calle, sin la sombra de una pancarta bajo los balcones de la Puerta del Sol. ¡Qué placidez, como la de los tiempos a los que se refería Mayor Oreja!

Y es que el mundo vive, desde los años 70 bajo una revolución neoconservadora, la de las privatizaciones, la desregulación, la desvalorización de la política, de lo común, de la acción colectiva, la supremacía del mercado frente a la posición de la plaza.

Bajo un tsunami que ya ha arrasado muchos de nuestros derechos, que ha arrojado muchas cosas contra las rocas (como en la presente crisis económica), pero que sigue avanzando imparable con la intención de destrozar todos los escollos que se encuentre a su paso. Y los sindicatos son todavía un freno a sus planes, ¿qué duda cabe?

Estas son algunas de las reflexiones que creo pertinentes en estos días posteriores a la huelga. Porque no es gratuita la criminalización de los sindicatos, no es inocente el cuestionamiento del derecho de los trabajadores a estar representados por aquellos delegados que democráticamente elijan. Porque todas estas críticas, muchas de ellas desaforadas, hechas con la brocha gorda, la generalización y la trampa, responden a una estrategia meticulosa y certera: la del afianzamiento de la ideología única, la de la mercadocracia sobre el poder político y el poder democrático.

Es natural, las dictaduras (muchas empiezan desde la institucionalidad) no quieren opositores. Pero aquí estamos, como estuvieron los muchos que se han dejado los años, la salud y la vida para que podamos seguir estando. Y estaremos.

Una reflexión en la izquierda

Lunes, septiembre 20th, 2010

Los resultados de las últimas elecciones generales suecas, más allá del propio análisis nacional, pueden suscitar algunas reflexiones que podrían ser válidas a un nivel más general, al menos europeo.

Los datos concretos que arrojan las urnas: la derecha volverá a gobernar, la socialdemocracia se desploma, entra en el parlamento la extrema-derecha.

Reinfeldt, del Partido Moderado, podrá gobernar otros cuatro años más revalidando -por primera vez en la historia de su partido-  una victoria electoral previa: la de 2006.  Desde ese momento el partido conservador inicio una serie de privatizaciones y cambios (recortes) en el sistema de bienestar que le permitió tirar de rebaja de impuestos, una temática  de fácil venta cuando se acercan las elecciones. No ha habido tiempo, ni hay perspectiva suficiente en cuatro años para ver las consecuencias de las muy rápidamente aplaudidas rebajas de impuestos. En el Reino Unido sí, ya la tienen.

Thatcher, una de las tres patas de la revolución conservadora y neoliberal vino para “liberar” a las clases medias del gasto social resultantes de los largos años de los gobiernos socialistas.

Rebajó impuestos a las empresas, desregularizó las finanzas, hizo dimitir al Estado de su responsabilidad en la regulación democrática del mercado de trabajo y en la proporción de servicios públicos, desbarató de arriba a abajo el Sistema Nacional de Salud (NHS) y los transportes públicos; se propuso la destrucción de los sindicatos, dio facilidades fiscales a las grandes fortunas y dejó en la consciencia colectiva el veneno de que “la sociedad no existe, sólo existen los individuos”

Esa revolución iniciada en Estados Unidos, testada con la ayuda de las armas en el Chile de Pinochet e importada a Europa con los gobiernos de Thatcher, extendió rápidamente su hegemonía planetaria gracias a instituciones internacionales como el FMI o el Banco Mundial, auténticos motores de la nueva ideología única encargados de imponer aquí y allá planes de “estabilización” económica a gobierno cada vez menos soberanos por la acción de este -inelegible- gobierno económico mundial.

Mucho podría hablarse de las  nefastas consecuencias de todos estos planes de “estabilización” sobre todo en América Latina. Tampoco hay que olvidar que la etapa de mayor auge neoliberal coincidió -no casualmente- con el periodo de mayor actividad de golpistas, contras y demás, en el bautizado como “patio trasero del imperio”.

¿Qué hizo la izquierda ante este torrente ideológico? El Nuevo Laborismo y los Nuevos Demócratas de Blair y Clinton (con Giddens y su Tercera Vía como piedra filosofal) fue la audaz respuesta dada por los otrora keynesianos partidos de Clement Attlee y Delano Roseveelt.

Una respuesta que consintió, lisa y llanamente en bajar la cerviz ante la nueva hegemonía. Una hegemonía que ha ido avanzando hasta hoy, hasta entrar en el tuetano de nuestra sociedad y nuestra cultura, hasta el desastre actual, hasta el desastre que cabía esperar el desenfreno, la irrealidad fiduciaria y la amoralidad en la economía (“la más moral de todas las ciencias sociales”, según Marx).

Nadie en la izquierda democrática europea  fue capaz de generar un mensaje político eficaz, capaz de rivalizar con los nuevos dogmas de la “economía objetiva”.

Y así llegamos a los prolegómenos de la gran crisis del capitalismo: al momento en el que, en Estados Unidos, el 1% de la población posee nada más y nada menos que el 30% de toda la renta del país (cifras análogas a las habidas a comienzos del siglo XX, cuando las huelgas y las manifestaciones sindicales aún se disolvían a base de ametralladora).

Estos datos deben ser contrastados con estos otros:  en los años del keynesianismo estadounidense, el 1% más rico de la población poseía un 12% de la riqueza nacional, lo que implica que dicha riqueza estaba socialmente mejor repartida, menos concentrada en la élite.

Ante esta situación la izquierda, como digo, solo ha sabido plegarse a la buena nueva del neoliberalismo.

Asistimos a la “liberalización” de la socialdemocracia del mismo modo que vimos en los países escandinavos la “socialdemocratización” de los partidos liberales.

Es una cuestión de fortaleza en los mensajes, de influencia sobre la sociedad y sobre la sinapsis ideológica de los ciudadanos: tras la segunda guerra mundial la influencia del keynesianismo, de las políticas constructoras del Estado del Bienestar era tal, que incluso los partidos de derechas, sobre todo en la región nórdica, se vieron contagiados por dichas ideas y comprendieron que para rascar algo electoralmente (cosa que por lo general, no lograron) habían de presentarse ante el electorado como defensores del Estado del Bienestar, subidos así a ese ese exitoso carro que estaba trayendo el progreso y el bienestar a esos países.

¡Como han cambiado las tornas! Ahora es la socialdemocracia la que se “liberaliza”, la que pliega sus banderas para adaptarse -en lugar de enfrentarse- a la realidad de la globalización neoliberal, para ser más atractiva enel mercado electoral.

Y lo dramático es que treinta años después, nuestra izquierda sigue sin reaccionar. Tampoco lo hace en mitad de esta tormenta que está haciendo zozobrar al planeta. En medio de esta crisis causada por las recetas neoliberales de la desregulación y la ley selvática que por poco colapsa el sistema capitalista.

Y pese a esa crisis, el mensaje antisocial sigue en boga, cualquier promesa de bajada de impuestos atrae al electorado -esto explica en parte la victoria conservadora en Suecia-, aunque a la larga las políticas de laminación del Estado signifiquen una peor calidad en los servicios públicos, aunque implique mayor desigualdad social y desprotección para los más débiles.

Desde la izquierda tenemos mucho que cambiar, empezando por nosotros. Fuerza, claridad en las ideas y audacia en las propuestas es lo que necesitamos… porque el mundo, sobre todo el actual, necesita de nosotros.

Reflexión sobre el modelo cubano

Jueves, septiembre 9th, 2010

Dicen que Fidel Castro ha dicho que “el modelo cubano ya no funciona ni para nosotros”. Lo dice, supuestamente, después de que la diplomacia española  en colaboración con la iglesia católica de la isla, lograra la excarcelación de varios presos políticos cubanos y la promesa de soltar a otro grupo de disidentes. Recientemente, Castro reconoció su responsabilidad en la represión homofoba llevada a cabo por la “revolución”.

Parece que desde hace unos años algo se viene moviendo en la isla: pequeñas rectificaciones y algunos pasos encaminados hacia cierto aperturismo -sobre todo económico- y mucho más lentamente, político.

Más que vanguardistas, parecen movimientos defensivos para garantizar la supervivencia de un modelo que hoy por hoy no estaría funcionando en las propias -y supuestas- palabras del ex-presidente. Y es que la Historia ofrece valiosas lecciones: la ortodoxia partidista y la burocracia omnímoda y asfixiante terminaron por traer el colapso de la URSS.

La ortodoxia marxista-leninista y el peso de la vieja guardia revolucionaria, de las tradiciones y los decenios anteriores impidió descubrir la consustancialidad de socialismo y democracia. Separados y enfrentados, como apuntaba Norberto Bobbio, no se consigue ninguno de los dos: ni la democracia ni el socialismo.

Ciertos elementos de la izquierda hablan de “democracia material” y desprecian la “democracia formal”.

Asocian la democracia material con los derechos sociales, con el efectivo disfrute de unos derechos materiales en un régimen de igualdad y la asocian con la lucha de los partidos socialistas desde el siglo XIX. Regalan -demasiado generosamente- a los liberales el concepto de “democracia formal”, olvidando que fue precisamente el movimiento obrero el que más hizo por la concreción y extensión de esa democracia formal, que no puede por menos que ser complemento imprescindible de la material.

Antes que seguros de desempleo, antes que escuelas para sus hijos y antes que unas condiciones dignas de trabajo, los obreros pedían poder agruparse en partidos y sindicatos, poder hablar, poder manifestarse y poder votar… precisamente para poder conseguir -desde el poder- esas escuelas y esa calidad de vida de las que solo disfrutaba la minoría. Y el estatus político liberal, naturalmente censitario y representante de esa élite, tuvo que ceder -casi siempre a regañadientes- ante esas presiones populares en el sentido de “democratizar la democracia formal”. La democracia formal también es cosa nuestra, despreciarla es un error de fondo y no es socialista. Despreciarla es sinónimo de dictadura.

La Historia también nos ha mostrado como bajo una bandera roja pueden generarse regímenes sociales basados en la dominación de clase, en la opresión cultural, el autoritarismo, la desigualdad y el monopolio económico, exactamente igual que bajo un regímen capitalista. Y el socialismo es tan contrario a un modelo económico (el capitalista neoliberal) que deja a millones sin derecho a percibir una prestación sanitaria o educativa, por ejemplo, como a un modelo que deja a millones sin votar, sin hablar, sin pensar, sin derecho a reunirse.

Esa es la verdadera reforma que estamos esperando los progresistas de todo el mundo (los otros sólo esperan un colapso que reconvierta a Cuba en el patio trasero de los mercados internacionales). Una reforma política además de económica que no debe hacerse de cara a esos mercados  -como las de China- en un intento de posibilitar una imagen más amable del régimen, sino pensando en los propios cubanos, pensando en el inicio de una segunda revolución democrática e institucional que permita el pluripartidismo y las demás libertades políticas y civiles.

Quiero concluir con unas letras de Rosa Luxemburgo, en las podría apoyar mi reflexión en favor de un Socialismo sin Barbarie en Cuba.

Sin elecciones generales, sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que sólo queda la burocracia como elemento activo. Gradualmente se adormece la vida pública, dirigen y gobiernan unas pocas docenas (…) de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas. En el fondo, entonces, una camarilla. Una dictadura, por cierto: no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir, una dictadura en el sentido burgués (…)

Hacienda tenemos que ser todos

Lunes, abril 12th, 2010

El de “Hacienda somos todos” es uno de los slogan institucionales más recordados, repetidos y exitosos. Sin embargo, esta sencilla frase que recuerda a los españoles su responsabilidad contributiva anual para con las arcas del Estado, se olvida a menudo y se pervierte a golpe de realidad.

El artículo 31.1 de la C.E establece que todos los españoles contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad.

Para el sostenimiento de los gastos públicos, el Estado impone a los ciudadanos una participación económica según los preceptos constitucionales de “igualdad” y “progresividad”, confirmados por la numerosa jurisprudencia constitucional al respecto.

De tal modo que Jaume Matas y Carlos Fabra son Hacienda. Los deportistas españoles que ondean briosamente la bandera cuando ganan… pero se llevan los ahorros a Suiza, también son Hacienda. Los empresarios españoles que hacen algo más que turismo en Gibraltar,  las Caimán o las Seychelles, también.  Y los de las intolerables SICAV. Y ni siquiera hay que irse tan lejos ni buscar a los grandes defraudadores: tu vecino el autónomo – el que solo trabaja sin factura- ese también es Hacienda. O debería serlo. Todos deberíamos serlo.

La economía sumergida en España supera el 25% del PIB, duplicando la media de los países europeos (13%). Recordemos que cuando hablamos de economía sumergida, estamos hablando de fraude, de la ocultación bajo cuerda de 208.000 millones de euros y de la pérdida vía impuestos de 21.000 millones.

¿Por qué en España se defrauda el doble que en el resto de Europa?. Cabría pensar que tenemos unos impuestos abusivos, exagerados, que obligan a la gente a buscarse las vueltas incluso recurriendo a la antropológica “picaresca española”.

Lo cierto es que España es uno de los países en los que menos impuestos se pagan -amén de las sistemáticas bajadas de impuestos que han realizado los distintos gobiernos, cuestión que ya hemos comentado aquí-. Por ejemplo: el IVA que revuelve a Esperanza Aguirre, actualmente se sitúa en un 16%, el más bajo del entorno, y su subida, aunque pueda discutirse, será reducida…

Si desde lo objetivo no se puede explicar estos quiebros y requiebros para esconderse del fisco, habrá que acudir al análisis de las percepciones subjetivas: a la cultura política.

En cierta medida ya abordamos esta tarea en otra ocasión [Alivio fiscal y fin del Estado del Bienestar] haciendo referencia al impacto de los coronados mensajes del neoliberalismo sobre nuestras vidas.

¿Cómo no se va a engañar a la sociedad mediante la no declaración de impuestos?  ¿cómo vamos a ser corresponsables de la buena marcha de la sociedad política y de las arcas del Estado si, directamente  “la sociedad no existe” y el “Estado es parte del problema” ? Ese era el mensaje básico y sociopata de Reagan y Thatcher, literal.

La sociedad no existe, los ciudadanos no somos ciudadanos, somo -solo-individuos, somos átomos individualizados, no parte activa de un sistema. Debemos preocuparnos de nada más que de nuestro ámbito más cercano sin permitir que nadie ni nada entre en nuestra burbuja -incluido el Estado- y para eso, dicho sea de paso, “dios” nos dio el “derecho” de poseer armas. Eso sí, tenemos todo el derecho del mundo para quejarnos de las infraestructuras, de la sanidad y de lo bajas que son las pensiones.

Los trabajos del CIS sobre cultura política en España nos revela que cada vez somos más individualistas, que cada vez confiamos menos en los políticos, en la política, en lo que es de todos… y no solo eso, también desconfiamos del resto de ciudadanos. Solo así, desde una perspectiva asocial puede entenderse esta relación de enemistad con casi todo lo que trascienda los X metros cuadrados de nuestra vivienda.

Un amigo, conocedor cercano de la realidad escandinava me dijo que en Suecia engañar al Estado es poco más o menos como engañar a tu familia, como ocultar una infidelidad. Y eso que en Suecia se paga un IVA del 25% y por tanto, la contribución fiscal personal es mayor.

Puede decirse que en esos países, que han construido su modernidad desde la democracia -desde la socialdemocracia- y que han emprendido la construcción del mejor sistema de protección social posible como una tarea nacional y transgeneracional, sí existe una conciencia cívica y social plena. Existe y puede existir como un valor la idea de la solidaridad, tan denostada por el ultraliberalismo.

La presión social -y en consecuencia legal- sobre el defraudador, sobre el político corrupto o sobre el empresario irresponsable debe ser mucho mayor en ese contexto socio-político que la que se produce en este país en el que se celebra el engaño a Hacienda, en el que la corrupción no tiene impacto electoral para muchos ciudadanos y en el que los empresarios chapuzas llegan a presidir la patronal.

Como casi siempre digo, los problemas, los vicios que se enraizan en la cultura política solo pueden ser subsanados mediante la pedagogía, mediante la reflexión, el debate y la conciencia.

No puede ser que Hacienda seamos todos -pero unos más que otros-.

“El poder invisible provoca el escándalo público”

Domingo, marzo 7th, 2010

Esta  frase de Norberto Bobbio la he empleado frecuentemente en los últimos tiempos porque creo que lo que escribió el irrepetible maestro turinés en 1985 (en plena efervescencia del Reagan-Thatcherismo) nos sirve perfectamente para explicar la génesis de la actual crisis mundial.Los consejos de administración y los parqués sustituyendo a los gobiernos y a los parlamentos.

Un poder no elegido ni elegible que consigue trasgredir a nivel global el principio sobre el que se han basado nuestros estados: la idea de que derecho y poder como dos caras de la misma moneda. Solo el poder (del Estado) puede crear normas y solo las de los Estados democráticos (las que se hacen con la participación de los ciudadanos) pueden ser tenidas por legítimas.

Un artículo que firma el intelectual Noam Chomsky y que publica hoy el diario Público, gira sobre la misma idea.

Los Estado (con ellos la política, los parlamentos, los ciudadanos) han dejado de ser actores protagonistas en el plantel de la regulación de la economía internacional. Existe una tramoya, detrás del telón existe toda una poliarquía paralela y enfrentada a ese poder que nace de la legitimidad popular.

Este hecho consumado viene a romper muchas lógicas, muchos esquemas, ataca la propia concepción de la democracia.

La respuesta a la pregunta ¿quién toma las decisiones y qué procedimiento se sigue para ello? nos srive para graduar el nivel y la calidad de la democracia. El común de los mortales no considera “democrático” (ni legítimo) un poder vinculado a la decisión de uno o unos pocos (un general, un caudillo, un partido hegemónico) ni un poder que haya sido alumbrado desde procedimientos poco claros o alejados del control ciudadano (desde un cuartel, una terna, un politburó).

En contraposición a esto, tendríamos por democrático un Estado en el que las decisiones públicas que van a afectar a los ciudadanos de un Estado se toman en base a una decisión común (por delegación en una democracia representativa) y en base a un procedimiento público, evidente para todo el mundo, sin tramoya, sin doble fondo, sin la dirección de grupos de poder.

La realidad es que vivimos en unas sociedades en las que el poder se encuentra ya centrifugado: no existe un solo centro de poder que responda a la voluntad general (tal era el modelo de democracia Rousseauniana), sino que tendemos (o regresamos) a un modelo policrático -que se parece al del feudalismo- en el que un Estado en retirada es asediado por una multiplicidad de subpoderes, por el poder que nadie ha elegido, un poder desregulador que maquina contra el interés general y que busca la concentración de cada vez más recursos en menos manos, tal y como ha sucedido ya en los Estados Unidos, país avanzadilla de este tipo de prácticas en el que -por ejemplo- las petroleras marcan el programa y las guerras de sus gobernantes o la influencia de las aseguradoras privadas recortan los intentos de universalizar la sanidad.

Son imaginables las consecuencias de todo esto. Desde el XVIII, la democratización como proceso significaba que cada vez más gente podía votar (criterio cuantitativo). “Democratización” hoy significaría el nivel y la capacidad del ciudadano medio para influir en las decisiones públicas (criterio cualitativo). Y resulta obvio que ese poder privado que crece a expensas del poder público, no contibuye -precisamente- a una mejor y más profunda democracia.

Lamentablemente, la socialdemocracia mundial -la del sufragio universal, la de la seguridad social, la educación pública, universal y gratuita, la del Estado Social, los derechos laborales y la protección- no ha sido capaz  de poner un dique a las turbulentas aguas de la privatización del poder. De hecho, parece que en algunos casos se ha dejado arrastrar por la corriente deviniendo en ese “social-liberalismo” que acepta el novus ordem seclorum asumiendo sin más este hecho sin calibrar sus funestas consecuencias.

Es un drama. En la crisis provocada por el poder insivible (hipotecas basura, capital especulativo, burbuja inmobiliaria) no es capaz de erigirse un poder público democrático que revalorice el papel social de un Estado venido a menos en beneficio de unos pocos y en perjuicio de los más.

El futuro no parece muy halagüeño.